«Los Nuevos» – Novela de zombies por partes. (21/35)

Marcos y Héctor

Luego de llegar a su casa y encontrarse con que Marga ya no está, Héctor resuelve salir a buscarla por el barrio. Al no poder hacerle cambiar de opinión, Marcos decide acompañarlo, no sin antes, asegurarse de que tanto Esther como Soraya se acorazaran en casa de Marga y Héctor. Por dos cosas: primero, porque no sabían con lo que los muchachos se encontrarían, y segundo, porque todavía cabía la posibilidad de que Marga volviera de un momento a otro.

De modo que las chicas se quedan en casa, con todas las persianas cerradas y las puertas aseguradas por dentro ―sus celulares y el televisor, encendidos―, mientras Héctor y Marcos parten a buscar a la mujer del primero en el furgón del canal.

―¿Estás segura de que no querés pasar?―pregunta la periodista a la pelirroja, en la vereda de su casa. Conforme se iban acercando las dos chicas y Bakunin, Marga vio que la casa estaba toda cerrada y se tranquilizó: «Héctor ya debe haber regresado y está adentro esperándome», piensa.

―No, muchas gracias. Prefiero volver.

Muy contenta por la charla, Julia considera que ya ha abusado mucho de la amabilidad de Marga y se despide en los mejores términos. «Igual, ya conozco la dirección de mi periodista preferida.»

Marga la invita a visitarla cuando Julia quisiera. Observa un instante alejarse a la pelirroja, pero su ansiedad es más fuerte y la empuja hasta la puerta de su casa. Cuando llega hasta la entrada se da cuenta de que, junto con el teléfono móvil, ha olvidado sus llaves, de modo que golpea la puerta, toca timbre y llama a su marido alzando la voz.

En la calle, se larga a llover.

 

Mientras maneja, Héctor mira a ambos lados en busca de señales de su esposa, de modo que su atención en la calle y los escasos automóviles que andan aquí y allá, es proporcionalmente inversa a su ansiedad y preocupación.

Marcos, sigue estando más tranquilo que su amigo, pero de a poco se contagia de las emociones de su amigo. Sólo un poco, pero lo suficiente para preocuparse por haber dejado atrás a Esther. También busca a Marga con la mirada, con el convencimiento de que cuanto antes la encontraran, antes volverían con Esther. Sí, está bien: Marga es su amiga de hace años, crecieron juntos, y hasta tuvieron relaciones algunas veces, todo el rollo, pero el amor es el amor. Y él, Marcos, está enamorado de Esther. Por eso, en momentos límite como este, su pensamiento no tiene más lugar que para su amada. Incluso su hermano queda fuera, pero esto se debe a la lógica subterránea del inconsciente de Marcos: su hermano, ermitaño, frío y autosuficiente como es, lo que menos despierta en Marcos son sentimientos de protección (precisamente los mismos sentimientos que sí despierta Esther y de forma monopólica). A fin de cuentas, Marcos, el afable y magnánimo larguirucho, no actúa de manera menos egoísta que los demás. “Incluso —diría Pedro, si estuviera aquí—, es el más egoísta de todos, ya que el hecho de no ponderar todo lo anterior a un nivel consciente, lo vuelve inocente, pero también lo hace único culpable”. Culpable, por ejemplo, de querer proteger a Esther, no como se protege a un igual o porque “la unión haga la fuerza”, sino como se custodia un preciado objeto de nuestra propiedad.

Momentos después de iniciada, arrecia la lluvia. Esto dificulta la visión de los dos amigos. Héctor reduce la velocidad de la combi para no cometer ningún accidente, ni saltearse ninguna pista sobre el paradero de su mujer, pero las ambiciosas gotas lo devoran todo.

Salido de ningún lugar, un hombre encapuchado con un pasamontañas de lana roja salta delante de la camioneta de Canal 11 y apunta a Héctor con un arma. Obligando a éste a clavar los frenos para no atropellarlo, pero también, para no arriesgar su propia vida ni la de Marcos. Ambos miran con ojos exorbitados al encapuchado, cuando un segundo hombre, armado con un machete, abre la puerta del acompañante y grita:

―¡A un lado!

Mientras dice esto, Marcelo corre a golpes a Marcos y se mete en el vehículo, al tiempo que François hace lo mismo con Héctor.

Una vez dentro de la camioneta, el que es «un verdadero enchastre», según piensa Héctor (pues además de mojado, está todo ensangrentado, sangre que el productor de T.V. no sabe decir si pertenece al mismo asaltante o a algún otro desdichado), patea a Marcos hacia la parte de atrás del vehículo, siempre a los gritos y sin dejar de blandir el cuchillazo.

Irracionalmente, por supuesto, Héctor piensa en «lo difícil que va a ser quitar las manchas de sangre del tapizado».

François parece reflexionar un momento y habla, primero dirigiéndose a Marcelo:―No lo mates, pueden servirnos de rehenes.―y luego, a Héctor:―Y vos, agarrá el volante, llevanos a tu casa. ¡Immédiatement!

Si alguno de los desafortunados muchachos de la camioneta fueran un poco más despiertos, si no tanto como Pedro, al menos como Julia o como Marga, seguramente se hubieran inmolado, sacrificado a sí mismos, llevando a los cacos, engañados, a cualquier otro sitio, con tal de salvar la vida de las muchachas, pero bueno, nadie es perfecto, y los que fueron asaltados, menos aun. Eran simplemente Marcos y simplemente Héctor.

Así que marchan los cuatro a casa de Héctor, tal y como François lo hubo demandado.

«Los Nuevos» – Novela de zombies por partes. (14/35)

François

Luego de los asesinatos cometidos esa misma mañana, François había buscado silencio y seguridad en su cubil. No porque se sintiera temeroso, o inseguro, sino porque él no es ningún idiota. No le gusta, por una parte, correr riesgos, y luego de la acción, por la otra, siempre necesita un poco de paz, porque sabe que dentro de sí mora una insaciable bestia que se alimenta del sufrimiento ajeno y que con cada episodio de violencia, con cada muerte, crece más y más, hasta volverse incontrolable. No es que no le gustaran el caos, la sangre o la adrenalina, sino que las cosas se ponían muy complicadas cuando daba rienda suelta al monstruo.
Mientras que uno de los asesinatos había sido claramente premeditado, como pago de una deuda que François había contraído con el Pala, los otros tres escapaban a su poder, habían sido obra del destino: la convergencia perfecta entre unas circunstancias inesperadas y el hecho de que al matón no le gustara dejar cabos sueltos (“¡Damner affaires non réglée!”).
Ya más cómodo, hasta tranquilo, podríamos decir, el francés de pocas pulgas se dispone tanto a mirar en la televisión, como escuchar en la radio, los inevitables informes sobre sus crímenes.
No sólo pasan horas y horas sin escuchar nada acerca de los asesinatos que él mismo perpetró, sino que, para su sorpresa, se entera de que una extraña locura colectiva se ha adueñado de media ciudad, generando descontrol y pánico en la otra mitad, por lo que desde los medios llaman a todos los efectivos de seguridad, estén retirados, de licencia, en disponibilidad, con el objetivo de que se presentaran en sus respectivos destacamentos, para ayudar a contener los desmanes que brotan en la ciudad sin ninguna razón aparente.
Siempre listo, François urde un plan que no necesita de muchas luces: se da cuenta de que es el mejor momento para hacerse de unas monedas, y decide juntar a los muchachos, para ir de shopping… Al primero que llama es al Pala, pero su mejor compañero no responde. Mala suerte. Cuelga y llama a los demás, siempre en código,  por si las moscas. Se reunirán en una hora exacta en la plaza del centro, para hacer un circuito interesante y productivo por los lugares más atractivos de la ciudad. Atractivos para sus ojos, claro está…

Una hora más tarde, la convocatoria de François ha sido prácticamente un éxito. No son muchos, pero son buenos. El francés decide comenzar por la joyería más grande de la ciudad.

La estancia en cuestión es relativamente grande para ser una joyería, y está situada en pleno centro. Dispuesta perpendicularmente a la vereda, cuenta con unos ocho metros de largo y casi la mitad de ancho. Dos largos mostradores a los costados acompañan el trayecto hacia el fondo, donde se encuentra la ventanilla de la caja, a uno de los lados. Desde allí, quien parece el dueño observa cómo sus empleados atienden a los clientes circunstanciales, muy sentado en su cómoda silla, con cara de suficiencia y seguridad, pero para nada pereza. Al otro lado, al final del pasillo, obstaculizada por un último mostrador, hay una puerta reforzada. Seguramente guarda el botín mayor.
A los gritos y disparando hacia el techo, entran cinco hombres encapuchados prestos a atiborrarse de dinero, piedras y metales preciosos. Una vez reducidos todos los presentes, François y sus hombres se toman todo el tiempo del mundo, ya que, tal parece, nadie vendrá a rescatar al pobre joyero y sus empleados. No el día de hoy, al menos.
Cada uno de los malhechores lleva puesto un pasamontañas de un color diferente, en principio para proteger su identidad, pero al mismo tiempo para distinguirse entre sí. Nuestro matón conocido, François, lleva el rojo.
―¡Esto es más fácil que la tabla del uno!, ¿eh, Verde?―comenta alegre el de la capucha color mostaza al compañero, al ver la facilidad con que hacen la movida.― ¡La puta, que la tiene clara el francés…!
El de la capucha verde, por toda respuesta, contesta con un gruñido mientras saca fajos de billetes de la caja registradora y los pone dentro de una mochila militar. Sorpresivamente, tal gruñido es emitido por una mujer —su sexo revelado a través de la voz, ya que no a través de su cuerpo: de un torso más que nada musculoso, apenas sobresalen las protuberancias de sus senos, escondidos tras ropas sueltas y demasiado abrigadas.
El de la capucha mostaza observa hacer a su compañera, visiblemente excitado, pero sin darse cuenta de que lo está, sea por el asalto, o por la visión de la compañera en acción… pero “Verde” sí se da cuenta, por eso no le presta atención: “Savora” es poco más que un animalito, que se relaciona con el mundo simplemente para satisfacer sus necesidades básicas, las tres C: comer, cagar y coger.
Al no tener respuesta, “Savora” toma algo así como consciencia de que se está desconcentrando de su trabajo, aunque es una consciencia definitivamente primitiva, microscópica. Sacude la cabeza y continúa amenazando a los despavoridos rehenes, con gritos y patadas.
―¡Basta, Savora!, tranquilizate, ¿no ves que es al pedo?―trata de calmarlo la mujer del pasamontañas verde―…igual no va a venir nadie, están todos los canas hasta las bolas, ¿no te das cuenta?
―Es cierto―pide perdón con la mirada el de color mostaza―, es que me dejo llevar… además, mirá las caras de vacas de matadero que ponen los culeados.
―¡Verde! ¡Savora! ¡Dejen de pelotudear que recién empezamos!―grita “Azul” desde otro sector de la joyería, en clara alusión a que debían de estarse quietos y no perder demasiado tiempo porque aunque hoy seguro no iban a contar con la amenaza de la ley, sí, en cambio, pensaban seguir atracando comercios, por lo que no debían demorarse más de la cuenta en cada lugar…
Todo transcurre así, como un cuento de hadas tarantinesco, cuando, de pronto, se oye un altavoz que proviene de la calle:
―¡A los que están adentro de la joyería! ¡Están rodeados! ¡Salgan con las manos en alto y sin lastimar a nadie!
Savora mira hacia afuera con espanto, y se desmaya.
«¡Había resultado blando el pibe!», piensa “Verde”…
«Nada dura para siempre», piensa “Rojo”, es decir, nuestro ya conocido François, que no pierde del todo la calma ni en momentos como estos. Es más, él está acostumbrado a tener siempre el control de la situación, y no va a permitir que unos cuantos policías sudacas modifiquen el panorama: Resuelve darles una demostración.
Los rehenes observan cómo el matón de la capucha roja —que, claramente, es el que está a cargo— los va estudiando de a uno con la mirada más fría que sintieron en sus vidas: como si, encontrándose acorralado, estuviera decidiendo a quién liberar… y un brillo de esperanza nace en los ojos de los prisioneros.
Nada más lejos que eso.
Gélido como siempre, aunque algo contrariado por el giro que han tomado los acontecimientos, el de rojo se pone al lado del rehén que tiene más cerca: la muchacha empleada del local, …y la desnuca de un rápido movimiento. «Para no gastar balas», piensa François. Inmediatamente, da una orden al de capucha negra, el más grandote y silencioso de los cinco, corpulento como un oso. Éste, tal y como se le ordenó, alza el cuerpo ya sin vida de la inocente empleada de comercio, como si fuera un muñeco de papel maché, y lo arroja a través del panel de vidrio de la puerta de entrada, que estalla estrepitosamente ante el impacto.
Ante la mirada atónita de media docena de policías, el cuerpo cae un metro más allá de la puerta del local, seguido de la estela de los cristales de la puerta, que resuenan como una fritura ensordecedora al salpicar contra el piso de la vereda.
―¡¿A quién piensan que van a amenazar, pacos hijos de una gran puta?! ¡Vengan por lo suyo si quieren, …pero no se la van a llevar de arriba, va te faire foutre!―es el vozarrón con acento francés del cabecilla, inmediatamente seguido por una andanada de disparos procedentes del interior de la otrora apacible y más importante joyería de la ciudad.

Negociaciones infructuosas de por medio, el asedio pasa sin mayores novedades.
Han caído la tarde y la lluvia, también sobre esta parte de la ciudad. Hasta que François recurre a un as bajo la manga, uno que no quería utilizar, pero que ya es demasiado tarde para no hacerlo, además, apenas implica una llamada desde su celular.

―¡“Pala”!, ¡“Pala”!, ¿me oyes? ¿qué es ese ruido? ¡alguien atienda! ¡Silvia!―la esposa de Marcelo ha atendido, pero luego transcurren los minutos y nada pasa, sólo unos ruidos extraños del otro lado de la línea… ¿y disparos?
Después de un instante que a François se le antoja eterno, su amigo contesta al otro lado del teléfono, con voz urgente: ―¡Francés! ¡¿Dónde estás?! Tenés que venir a ayudarme… tengo un problema por acá…
―Cerrá la boca y escuchá: Estoy acorralado en la joyería Zafiro, tengo dos patrulleros que me tapan el escape, estoy con los chicos.―el francés no da explicaciones, da órdenes. Siempre fue así. Siempre lo será. Marcelo lo había intuido apenas conocerlo, allá en las favelas de São Paulo, hacía unos años, cuando ambos trabajaban para Chico; …antes, claro, de aquella discusión algo subida de tono y de alcohol en la que François le llenara la cara de plomo a su propio jefe. Marcelo, alias “el Pala” (en aquel tiempo todos le llamaban así, ahora, François es el único que lo hace), recuerda cómo habían escapado del morro abriéndose avenidas de metralla: eran todos los hombres de Chico contra ellos dos solos. François era y es guapo para las armas y la violencia, pero ninguna guapeza lo hubiera salvado esa noche, si Marcelo no hubiera estado allí con él. El argentino y el francés, lograron escapar por milagro y terminaron en la ciudad natal del primero, que era lo suficientemente alejada como para no ser encontrados por los narcos, pero lo necesariamente grande, como para tener de qué laburar…― Tenés que entretener a los pacos desde afuera, buscalo a Yayo, que no vino, así los agarramos a dos frentes.
―¿Pero, francés, me querés hacer matar?
―No me jodas. Hacé de cuenta que no te devolví ningún favor. Si vos me bancás en ésta, te estoy nuevamente en deuda. Pero si no nos ayudás, los chicos y yo, fuimos―Lo que François pide es arriesgado, pero cuenta con la ventaja de que a Marcelo le gusta la acción, y no conoce el miedo. Tal vez, y sólo tal vez…
―…Qué querés que haga…―accede el Pala, sin contarle el episodio vivido hace instantes con los vecinos, ni la muerte de su mujer. No hay tiempo para nostalgias. Comienza a acatar órdenes del amigo.

«Los Nuevos» – Novela de zombies por partes. (10/35)

«Sergio»

(Último capítulo de la Primera Parte)

―¡Sí! ¡sí! ¡Ahhh! ¡Ah! ¡Andreaaaaaaaahhh!

Aflojando luego todos los músculos de su cuerpo, Sergio descansa sobre el inodoro un momento, imaginando que si en lugar de producto de su imaginación, Andrea hubiera sido real, en ese momento ella se prendería un cigarrillo. La imaginaba fumadora. No sabía por qué, acaso porque en la televisión todas las mujeres sensuales fumaban…

Se incorpora, se limpia, tira el papel higiénico en la taza del inodoro. Lava sus manos y sale del baño con un ejemplar de auto-ayuda en la mano.

«Esa muchacha está espléndida.», piensa Sergio, «Una desgracia con suerte.», como decía su madre, el haber ocurrido aquel accidente justo en su misma cuadra, que no hubiese pasado a mayores, y que ahora estuvieran todos, y principalmente, Andrea, en casa de su amigo, charlando y «pasándola joya»…

Pero algo no está bien: en el pasillo, de camino hacia la sala de estar en donde se encuentran los demás, Sergio pierde el equilibrio y el libro cae al piso.

Esteban, oye el ruido, pero no le da importancia y sigue conversando con sus invitados.

«¿Qué tengo?», piensa Sergio, «¿Que qué tenés?» le contesta una voz… Sergio ha escuchado eso pero no logra asimilarlo. Cree que es él mismo hablando y contestando. Trata de incorporarse, pero al mismo tiempo, deja de sentir parte de su cuerpo. Es decir, su cuerpo sigue allí, apoyado contra la pared, sin equilibrio, pero Sergio ya no lo siente del todo: «como cuando, en el dentista, me duermen la lengua, y la muevo, y siento que está dentro de mi boca —YA NO VEO—, pero no siento a partir de ella, sino que la siento a ella con los sectores de mi boca que no están anestesiados» y manda señales a su cuerpo para no caer, pero es inútil. Su cuerpo, ya no es suyo. «¿Qué me agarró? ¡¿Quién sos?!», atina a preguntar Sergio con el último vestigio de su ser, como percibiendo que lo que ocurre no tiene que ver con él, sino con algo externo…

—¡¿Sergio?! …¡¿Sergio?!

A Sergio le parece escuchar su nombre… tal vez esa voz sea la de Esteban, que luego de escuchar el libro caer contra el suelo, escuchó algo más contundente: el cuerpo de Sergio. Pero todos los sonidos se apagan: «¡AHORA NI ESCUCHO!—piensa Sergio, y siente que unas manos lo agarran— entonces sí se paró y vino a ver qué ocurría, pero sólo tal vez…». Pero también siente «Otras manos», algo externo pero que viene desde dentro de su mente, …y ni siquiera desde dentro de su mente: algo externo pero que es él mismo, una presencia con la que forcejea como si de un cuerpo de carne y hueso se tratara, y que ahora lo somete sin hacer ruido; que lo abraza con un abrazo de palabras que no resuenan. Y Sergio tiene frío y ganas de gritar. Pero no grita. Simplemente, deja de existir.

Sin pronunciar un solo gemido.

―¿Sergio? ¡Contestá, loco! ¿Qué te pasa?―Esteban cachetea a su amigo en busca de respuesta, preocupado, al ver que éste se va poniendo morado y luego violáceo, «…como si no pudiera respirar…», pero respira.

Esteban no grita «porque no soy mina como para gritar por cualquier boludez», y tampoco quiere llamar la atención, ni preocupar aún más a los otros, que ya bastante tuvieron para un día, tanto el chocado, como la que lo chocó, además, al parecer, Sergio va tomando su color natural de a poco, y su respiración está estabilizada.

«Puede que haya sido sólo algo así como una convulsión», trata de tranquilizarse a sí mismo el comerciante. Se queda arrodillado en el piso, acariciando la cabeza de su amigo desmayado, mientras sopesa los caminos a seguir…

Afuera, comienza a llover.