Ya no soy yo (01)

Ya no soy yo…

Mi vida es un pedazo de niebla despeñándose por los días, …hasta que al fin una tímida mano con nombre de mujer decide asomarse a la piel de este cansado bulto de aire que infinita, y se toma de una rama que leía al sol, recostada sobre la ladera de mi propia montaña sin cumbre. Pero no es una rama: es la vida que nos extiende su mano de agua.

Lo único negro es la muerte. Pero el color negro no existe. Descubrí esta mentira recién hace un puñado de meses, y toda la herrumbre acumulada en más de tres décadas gritó huérfana allá lejos, al estrellarse en el piso de mi nueva realidad sin verdades.

El negro no es malo, sin embargo. De hecho, hoy por hoy, dentro de la niebla con mano, no creo que nada sea malo. Ni bueno. Más bien, todo, absolutamente todo, es bello. El negro, entonces, no es malo, …me hacía escribir tiernas cosas como esta:

¡Mis problemas se cuentan por miles! Aunque, en verdad, todos ellos –como todos los seres vivos, como todo lo que existe– son uno solo: estoy mentalmente enfermo. Este solo problema posee la capacidad vampiresca, o kafkeana, de asumir la forma de mil alimañas inefables que destilan su hedor en todos los ámbitos de mi existencia y se vuelven cordilleras infranqueables; alimañas terribles que defecan sobre mis intentos de amar; alimañas insensibles que se ríen de mis estudios universitarios; alimañas hercúleas que arrojan vagones oxidados sobre la senda de mi supuesta vocación… Mentalmente enfermo: si necesito constancia, me vuelvo pirotecnia; si necesito potencia, soy un ventilador apagado del siglo pasado, si necesito paciencia, me vuelvo canario en la tormenta. Mi enfermedad mental me hizo contradictorio, neurótico, diletante, ateo y divorciado. ¿Que “no”? [“¿Cómo que no? Miraló… miraló…”, diría El Príncipe] ¿Que “exagero”, decís? Ya lo averiguaremos. Juntos, y espero no te contagies…

…O sí.

Mil problemas. Uno solo. También un solo sueño: vivir de la escritura.

Listo. Terminé mi novela. Ya puedes ir en paz. En el primer párrafo te escribí lo que otros necesitan todo un libro para plasmar: mi pasado-presente-futuro. Y no, no haré “La Gran Arthur Conan Doyle” de crear un Watson para enajenarse de su Yo-rlock; ni ahí. Más bien voto por “La Gran Henry Miller”: saldré a correr desnudo por la faz de la Tierra, con o sin ti.

Perdí la cuenta de todas las veces que comencé a escribir esta cosa. Pónganlo en la cuenta de mi insanidad. Pero no le llamemos así, queda muy frío. Llamémosla… ejem… ¡Roberto! Mejor así. Por culpa de Roberto, entonces, reinicié/retomé/retaceé innumerables veces estas líneas, pero no pienso hacerlo más. Y es que acaso haya encontrado la razón de tales retrocesos: todas las otras veces que empecé a tipear o a garabatear boludeces sobre árboles muertos, estaba yo escribiendo para vender, para cumplir mi sueño de vivir de mi arte, dicho en una palabra: estaba escribiendo para vos. Pero entonces nada me conformaba: puesto que “vos” es uno solo, pero también es todos. Y también es el Mercado. Como resultado, me terminaba plastificándolo todo, desde el mero inicio, en lugar de hacer lo que debía desde un principio: escribir para exhumar mis fantasmas, para crecer, para abandonar la crisálida. Ésta es la sinceridad de la que tanto hablan mis colegas: sé honesto al escribir, leal para con los personajes de la ficción, franco y abierto con la página en blanco, a fin de cuentas, no es más que otro espejo en el que mirarnos.

Hazte a un lado. Voy a vomitar toda la mugre que tengo dentro. Pero presta atención: algunas florecillas silvestres aparecerán en el lomo de Escila y seguramente, también, ciertos cachorritos saldrán corriendo, juguetones e inconscientes, de entre las patas de Caribdis. El sol y la luna se tomarán de la mano a la sombra del camino.

Voy a detonar mi cinturón de TNT. Voy a explotar al máximo el potencial del arte. Voy a escribir lo que quiera, lo que siempre quise, de espaldas al Mercado, aunque éste me escupa, …o me compre. Sin fijar mi público (un pequeño detalle sobre la teoría de Umberto Eco acerca del Lector Ideal: ésta no es más que pura mercadotecnia post-estructuralista); sin temerle al fracaso, sino corriendo hacia él. Desnudo. Siempre, desnudo.

Decidí no escribirte, entonces. Y no lo lamento.

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